¿Estamos preparando al funcionario público del 2035 con las competencias del siglo pasado?

Por Sergio Araya Meléndez

La inteligencia artificial está cambiando la forma en que trabajamos. Pero el verdadero desafío del Estado no será incorporar más tecnología, sino desarrollar funcionarios públicos capaces de aprender, adaptarse y generar valor para la ciudadanía.

El futuro del Estado ya comenzó

Hace algunas semanas, mientras preparaba una clase sobre innovación, inteligencia artificial y agilidad aplicada al sector público, surgió una pregunta que me parece fundamental:

¿Cómo será el funcionario público del año 2035?

La respuesta podría parecer sencilla: un funcionario que utiliza inteligencia artificial, automatiza procesos, analiza datos y trabaja con plataformas digitales.

Pero creo que esa respuesta es incompleta.

Porque el funcionario público del futuro no será simplemente una persona que domina nuevas herramientas tecnológicas. Será alguien capaz de comprender problemas complejos, trabajar colaborativamente, adaptarse al cambio y utilizar la tecnología para mejorar la vida de las personas.

Y aquí aparece una segunda pregunta, quizás más incómoda:

¿Estamos preparando hoy a nuestros funcionarios para ese futuro o seguimos formando personas para trabajar en organizaciones diseñadas para el siglo pasado?

Durante años hemos asociado la modernización del Estado con la incorporación de sistemas informáticos, plataformas digitales y automatización de procedimientos.

Sin embargo, digitalizar un trámite no significa necesariamente transformar un servicio público.

Podemos tener formularios electrónicos, expedientes digitales y sistemas interoperables, pero si mantenemos procesos innecesariamente complejos, estructuras rígidas y culturas organizacionales resistentes al cambio, estaremos trasladando la burocracia tradicional a una pantalla.

La transformación digital requiere algo más profundo: cambiar la manera en que las instituciones piensan, colaboran y entregan valor público.

El funcionario público del 2035: cerebro, manos y corazón

En mis clases propongo representar al funcionario público del futuro a través de tres dimensiones que considero fundamentales.

El cerebro: mentalidad ágil y capacidad de aprender

El primer gran cambio no será tecnológico, sino cultural.

El funcionario público del 2035 necesitará desarrollar una mentalidad de crecimiento, entendiendo que aprender, desaprender y volver a aprender será parte permanente de su trabajo.

En un entorno donde la inteligencia artificial evoluciona rápidamente, memorizar procedimientos o dominar una herramienta específica será cada vez menos suficiente.

La verdadera competencia será la capacidad de adaptarse, cuestionar procesos existentes, experimentar responsablemente y aprender de los resultados.

Aquí la agilidad adquiere un sentido estratégico.

No se trata de implementar Scrum o Kanban porque están de moda. Se trata de desarrollar organizaciones capaces de responder a necesidades cambiantes, colaborar entre áreas y mejorar continuamente sus servicios.

La agilidad no comienza con una metodología. Comienza con una forma diferente de pensar.

Las manos: nuevas capacidades para crear soluciones

La segunda dimensión está relacionada con las herramientas y las competencias tecnológicas.

La inteligencia artificial generativa, los agentes inteligentes, la hiperautomatización y las plataformas Low-Code/No-Code están ampliando las posibilidades de innovación dentro de las organizaciones.

Imaginemos a una funcionaria municipal que conoce perfectamente las dificultades que enfrentan los vecinos al solicitar un beneficio.

Tradicionalmente, transformar esa experiencia podía requerir largos proyectos tecnológicos, múltiples aprobaciones y una importante dependencia de equipos especializados.

En el futuro, esa misma funcionaria podría participar directamente en el diseño y prototipado de una solución digital, utilizando herramientas accesibles y trabajando colaborativamente con especialistas tecnológicos.

Este es el concepto de Citizen Developer: personas que, sin ser programadoras profesionales, pueden contribuir a desarrollar soluciones digitales mediante herramientas de bajo código o sin código.

Por supuesto, esto no elimina la necesidad de equipos de tecnología, ciberseguridad o gobernanza. Al contrario, exige nuevas formas de colaboración y controles adecuados.

El cambio fundamental es que la innovación deja de depender exclusivamente de un departamento tecnológico y comienza a distribuirse entre quienes conocen los problemas reales de la institución.

La tecnología puede democratizar la capacidad de innovar, siempre que exista formación, acompañamiento y responsabilidad institucional.

El corazón: liderazgo y vocación de servicio público

Esta tercera dimensión es, para mí, la más importante.

Podemos imaginar un Estado donde los sistemas anticipen necesidades, automaticen tareas repetitivas y entreguen respuestas más rápidas.

Pero ninguna de esas capacidades reemplaza el valor de comprender a una persona que necesita ayuda, orientar a quien enfrenta una barrera digital o tomar decisiones considerando sus consecuencias humanas.

El funcionario público del 2035 necesitará combinar capacidades tecnológicas con empatía, criterio ético, colaboración y liderazgo de servicio.

Porque no todos los ciudadanos tienen las mismas competencias digitales, conectividad o posibilidades de acceso.

Un Estado verdaderamente inteligente no puede avanzar dejando atrás a quienes más necesitan sus servicios.

Por eso, la transformación digital también debe preocuparse de la inclusión, la accesibilidad y la confianza ciudadana.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a procesar información. Pero el propósito de servir a las personas debe seguir siendo profundamente humano.

El riesgo de construir un Estado inteligente con una cultura tradicional

Aquí aparece una contradicción que debemos enfrentar.

Estamos hablando de inteligencia artificial, agentes autónomos y servicios predictivos, mientras muchas instituciones todavía funcionan mediante estructuras excesivamente jerárquicas, procesos fragmentados y una baja tolerancia al cambio.

La tecnología puede avanzar mucho más rápido que la capacidad de adaptación de nuestras organizaciones.

Y ese desfase puede convertirse en uno de los principales obstáculos para la transformación digital del Estado.

No basta con adquirir herramientas de inteligencia artificial.

Necesitamos desarrollar capacidades institucionales para utilizarlas responsablemente, evaluar sus resultados, proteger los datos personales y mantener supervisión humana en decisiones que afectan derechos y oportunidades.

La innovación pública necesita espacios para experimentar y aprender, pero también reglas claras, transparencia y rendición de cuentas.

Agilidad no significa ausencia de control. Significa aprender y mejorar con responsabilidad.

El 2035 se construye desde las decisiones que tomamos hoy

Cuando hablamos del funcionario público del futuro, podemos caer en la tentación de imaginar un escenario lejano.

Pero 2035 no está tan lejos.

Las competencias que necesitarán los equipos del Estado en esa década deben comenzar a desarrollarse ahora.

Esto exige repensar nuestros programas de capacitación, nuestros estilos de liderazgo y la manera en que gestionamos el talento público.

¿Estamos enseñando solamente a utilizar herramientas digitales o también a resolver problemas?

¿Estamos formando funcionarios para cumplir procedimientos o para mejorar experiencias ciudadanas?

¿Estamos preparando líderes que controlen tareas o líderes capaces de facilitar la colaboración y el aprendizaje?

Estas preguntas deberían formar parte de cualquier estrategia seria de transformación digital.

Porque el desafío no consiste en reemplazar funcionarios por tecnología.

Consiste en potenciar sus capacidades para que puedan dedicar menos tiempo a tareas repetitivas y más tiempo a aquello que realmente importa: comprender necesidades, resolver problemas y crear valor público.

Una reflexión final

Creo profundamente que el futuro del Estado no estará definido exclusivamente por la sofisticación de sus algoritmos, la cantidad de procesos automatizados o el número de plataformas implementadas.

Estará definido por la capacidad de sus instituciones para aprender, adaptarse y servir mejor.

El funcionario público del 2035 no competirá contra las máquinas. Deberá aprender a trabajar con ellas, combinando conocimiento, criterio, empatía y responsabilidad.

Por eso, cuando pienso en el Estado que queremos construir, vuelvo siempre a una convicción:

La tecnología transforma el método; la mentalidad sostiene el propósito.

Y quizás la pregunta más importante no sea cómo será el funcionario público del 2035.

La verdadera pregunta es qué estamos haciendo hoy para prepararlo.

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